Hoy no.




Hoy no Trinca. Hoy no será.

Hablo de fútbol. No, de fúbol no, hablo de esa extraña ilusión que provoca un equipo de fútbol. Uno no puede evitar entusiasmarse con un equipo tenga o no espectativas. Desde lejos, aun desde lejos, no puede uno evitar buscar en los bares, en las tabernitas, en una abarrotera, en el puesto de revistas el partido de hoy. Caminaba casi a saltos, veía la hora. Por fin encontré un sitio con la tele encendida y sintonizada en el TVC deportes. El dependiente hacía su trabajo. Ni siquiera veía el juego. No creo que le interesara; sospecho que sólo ponía un programa en vivo para nosentirse solo; yo luchaba por no dejar al equipo solo. Encontré un marcador que me hizo dar un brinco y dejarle una sonrisa de niño a los que esperaban sus copias. Caminé y no cedía a los minutos. Irapuato 2, Necaxa 0. Busqué en el zócalo, en los bares que acostumbro visitar: ninguno tenía sistema de cable. Todos Sky. Internet fue mi solución. En la soledad de este sitio que me guarda los deberes escolares los click´s en búsquedas google me despertó la esperanza. Mi hermano mayor me enviaba esporádicos mensajes de los marcadores y podía dar cuenta de lo que iba sucediendo. Guardaba la alegría y la emoción en un empate global que se notaba tenso. Los tiempos extra comenzaron. Anotó Necaxa. Me saltaron los nudos en la garganta. El estadio silencioso daba la sospecha de que esto no iba bien. Irapuato empató y la posibilidad volvió a fundarse, pero a los de rojo les faltó físico. Castillo y Hurtado hicieron pedazos la cintura del Jalisco. Blanco, el arquero no alcanzó. No. Hoy no. Hoy veo, desde lejos, medio triste, cómo se queda solo el estadio con el eco de una esperanza que no se sabe de dónde surge cada vez.

Recuerdo que desde que no podría recordar andamos en el estadio. Recuerdo que mi padre nos llevaba en hora torera a ver a un Irapuato en decadencia: Eugenio Constantino que ya se iba del fútbol, El Flamingo Lira y El capi Pepe Ledesma, Félix Madrigal y años antes Anselmo Romero en una carrera contra reloj que comenzaba en el 85 pero que no encontraba futura: ni Gabrich, ni Scatolaro lograban algo. El Fútbol era un ritual. El fútbol era sufrimiento desde entonces. Los equipos contrarios venían a ganar. Irapuato salía a hacernos sufrir y a anunciar al Pollo Loco en el pecho de la casaca. Más tarde, comenzaría para los de mi generación el tránsito de ascensos y descensos. Claudio Marvin, José Antonio Bravo, Víctor Saavedra, el Fito Villegas y los cuates Rivera nos entusiasmaron tanto, vimos grandes juegos en grandes tardes. Yo era un adolescente, yo jugaba fútbol y veía fútbol y no había otra cosa más que fútbol.

Irapuato subiría a primera después de ser el amo de las finales con aquel Ortíz Borel como directivo. Pegasso, un nombre de miedo, llegó a la plaza azulgrana. Por fin Juan Alvarado, Máñez (q.e.p.d.), Christian Morales (un argentino que vino a probar suerte y que dormía en las terminales de autobuses según presumen) y Martín Rodríguez llevaron a los freseros y su afición de síntomas más bien crepusculares hasta un repechaje en primera, nadie olvidaría las celebraciones de Christian Morales, el tractor que tomaba entres sus manazas la cabeza de un policía y lo besaba. La sarandeada de parte de aquel Morelia campeón fue un aprendizaje. La enseñanza vendría a postrarse sobre los ánimos de una afición que se aferraba, otra vez, irracionalmente, por este triste negocio del fútbol:Pegasso decidía, después de dimes y diretes, después de amenazar a diario con “llevarse al equipo de aquí”, hacerlo y ya, cambiar de plaza. Doloroso. Todos veríamos cómo Veracruz sería el lugar a donde llevarían esa franquicia. Nos mostraba lo cutre de un fútbol mexicano como el que tenemos. Veracruz, un equipo de primera de ascenso, logró la primera división. Estorbaba esa franquicia traída de tierras freseras. El equipo terminaría en Chiapas. Era difícil ver a los jugadores de por acá, como Jesús Gutiérrez, jugando de anaranjado. La historia de ese equipo se escribió sola. El equipo creyente y pura pasión había desaparecido como si de un objeto de unisel se tratara: se desvaneció como una aparición guadalupana en el firmamento del bajío. Llegaría otra franquicia acá de ascenso. Otro esfuerzo comandado por Josías Ferreira y Ariel González, como técnico, si no mal recuerdo era un tal “güero” Saldívar. El equipo ascendería en una final de miedo contra el rival de al lado: León. Una final enmarcada por conflictos de tamaños terroristas. Saldívar y su gente le dieron una tunda al León que confiaba en sus arranques, en su chequera (comandada por Ahumada) y por su creencia de ser el equipo de “Tita” y del “Chato” Ferreira, de un Comizo ya en otras tierras: un campeón en tiempos difíciles. Irapuato y Querétaro perderían su lugar en la primera división fantasmagóricamente. El dueño de estos dos equipos de primera división no pudo demostrar el dinero que valían los equipos, un joyero de guadalajara, desde la ventanilla de su auto último modelo, le respondía a algún reportero de Los protagonistas que no, que no, que simplemente los equipos desaparecían por no tener un respaldo económico -sugiero que Hacienda y la Femexfut lograron un acuerdo frente al lavado dinero el que se les acusaba ya reincidentemente-. Luego vendría una hecatombe, los aficionados al fútbol profesional preferíamos asistir a los juegos de segunda y tercera división. Allí jugaban nuestros amigos y uno se entusiasmaba más fácilmente que con las vedettes que hacían una temporada de pifia en liga de ascenso. El equipo quedó en último lugar, jugó una promoción con el recién ascendido (que había vencido al irapuato de segunda división) Coatzacoalcos y la perdió. Sorpresivamente el equipo del afamado Choplin sucumbía, junto con su filial en la misma división.

Mucho se habló después de tare equipos de primera o de primera A. Por fin apalabraron uno y un tal Ricardo Rayas tomó un equipo que transformó en muralla. Ya no he sabido mucho de los nombres de algunos jugadores. Recuerdo a un Miramón, por ejemplo, zurdo que alguna vez me presumía su sueldo y su futuro en la vida. Se iría luego de perder una final más contra Querétaro orillando, otra vez, al irapuato a la intentona de Sísifo que se convierte ya en costumbre. no hace muchas temporadas ha sucedido esto. Hoy, otra vez, con otro técnico, otros patrocinadores pero la misma gente, la trinca ha caído en manos de un Necaxa sin ángel ni entraña, pero con buenos jugadores y los argumentos necesarios para poner silencioso al recinto en el que la parroquia fresera se reune cada que las campanadas llaman, cada que hay sobre la grama veintidós guerreros, un nazareno y dos banderas.




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Contracorriente

"La falta de esperanza valía más que la desilusión. La falta de ilusión valía más que el desencanto."

Camille de Toledo.
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...

"Disculpa. Tienes razón, esto he de enmendar".
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Particulas extrañas en pos del individuo.




Densidad y digresión, incertidumbre y marginalidad resumen uno de los conflictos centrales de la poética que arrastra Juan Goytisolo: la irrepresentabilidad del individuo. Por ello la reminiscencia constante a una teatralidad de la escritura mediante, por mencionar algo, las diferentes perspectivas narratológicas con las que “juega” el autor, compilador, personaje, inventor, de la novela. Estamos ante la representación de la crisis de la subjetividad. Misma que se apoya de modo concreto en el vocabulario del teatro, de la poesía, de la connotación, de lo falso, de lo engañoso, de lo impostado. Fenómeno peculiar al que asistimos. Una metaforización amoral que busca acceder a una resignificación. La imagen verbal que atrae, en sus intentos, el autor, es notable. Se esfuerza y es puntilloso, cada palabra es lo que se quiere decir. Cada palabra, componiendo otros significados. Un escenario desolado, el intempestivo disparo, el sitio carcelario, la angustia de la soledad. Todo, en actitud poética, busca contenerlo y explorarlo por medio del palabra el autor de El Sitio de los Sitios: “La pintura de los paisajes de desolación crecido por los asedios; las fantasías crueles, premonitorias de la sociedad que nos acecha –esa sinfonía del Nuevo Mundo, como califica la ironía mordaz; la exposición detallada de su propia muerte en el lugar donde pillo la explosión del mortero”.[1] Sobre esta base, la escritura se revelará como un espacio liberador, como una “vía de indagación verdadera, de verdadera penetración del ser y de sus accidentes”[2]. Esta búsqueda pone a vistas, según Foucault, los procesos de la conformación del sujeto. Y resta preguntarse bajo qué procesos, operaciones, estrategias se forma la subjetividad, tanto de la sociedad, como de los individuos en un contexto específico. Esto es lo que conocemos como las técnicas del yo, orientadas a la configuración del yo; el cuidado de sí, el desarrollo de este individuo que se construye, que emerge podría afirmar, de esta excavación.

El concepto de formación propuesto por Hans George Gadamer se hace contemporáneo en estos textos que construyen, que forman sus individuos. Build. Es el término.


[1] Ibid. Pp. 96-97.

[2] Juan García Hortelano. Gramática Parda(1982). Cátedra. España. 1997. Pp. 153.

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Yo fui Escritor.


Este relato se presentó bajo el pseudónimo de María Font en el X Concurso de Creación literaria de la FFyL de la BUAP en la categoría de Cuento. A petición de mis tres lectores lo cuelgo acá:


Ulises.

María Font

Se acercó a mí. Eran las dos de la mañana, o algo así. Ya era de madrugada. Supe que estaba perdido. Lo invité a pasar a mi cuarto de vecindad. El barrio donde vivía entonces era lo más lumpen de esos rumbos. Era barato, pero francamente daba una impresión desastrosa. Sí, también se siente el acecho y el peligro casi como un catalizador entre el barullo y los escandalosos sonidos de las sirenas. Hay tiradores y narcos, las fruterías de noche son burdeles concurridos, los hoteluchos son de mala muerte, y seguro se escucha lo que hace cada cual en la habitación contigua. Pensándolo un poco es hasta morboso; en cualquier esquina he encontrado a la más hermosa y virgen de todas las putas o al travestido más siniestro y oligofrénico. A los padrotes no hay ni que mirarlos; si acaso encontré alguna vez un taxi fue imposible usarlo como medio de transporte, pues los taxistas que he visto por aquí alguna vez tienen dos razones para aparecerse: han traído, a muy alto precio, a algún cliente con dinero, caliente y muy borracho, o el mismo taxista es el que viene en busca de amor de una noche, es decir, se acercan a meter el pito en otro hoyo que no sea el de la bacinica. Las intermitentes luces neon debieron advertirle la clase de cloaca en la que se estaba metiendo. El estridente maldecir de los putos debió llamar su atención; los casi inexistentes, pero exuberantes taparrabos que mostraban las nalgas torneadas de una bola de maricones debieron ser una seña determinante. Sin embargo, como él dijo, estaba totalmente perdido y, además, hay que decirlo, era medio pendejón y atolondrado.

Yo me fumaba un cigarrillo. Salí como de costumbre a distraerme, a mirar el extraño escenario que me rodeaba por aquellos días de maestro multigrado en la quinta chingada. Solía abandonar un rato la rutina por un poco de espectáculo nocturno de rampla: neon, convulso: la realidad en las rocas.

La luna acuosa de aquella madrugada me reflejó su gesto casi desesperado. Mi aspecto, por lo menos algo menos marica que lo que se podía observar alrededor, fue lo que me convirtió en su alternativa. Parecía, por lo menos que yo no cobraba. Acercarse y pedirme ayuda era su último camino. Lo supe desde que lo vi. Yo representaba un elemento extraño en aquel ambiente. Lo hubiera sabido aunque me lo hubiera balbuceado en cantonés o en mandarín y no en ese español afrancesado ininteligible a primera instancia. Su rostro desencajado era de pavor. Me llamó en un pésimo español. Entendí nada, pero ya tenía mis conclusiones y supuse que era mi momento de saldar las deudas adquiridas en el pasado próximo con los francófonos en México. Me había exiliado en aquella ciudad olvidada, buscando mejores oportunidades de ser miserable solo, para ganar algo de plata segura, prestaciones y alguna plaza en sindicatos o plantillas, y principalmente para huir después de haber roto el corazón de una francesa esquizofrénica con la que estuve viviendo un tiempo y de la que debí esconderme debido a una preocupación constante que había tomado tintes extraños. Cuando escapé de esa trampa de arena, pasaba más tiempo preocupado, ya no por temer a que se suicidara ante nuestro rompimiento inminente, sino porque no me destazara cada que se ponía histérica, que era como dos o tres veces al día, y por las noches un poco más. Me sentía en deuda y tomé la llegada de su compatriota como una ganga del destino, una especie de penitencia que ayudaría a mi purificación de cualquier culpa de amores y corazones rotos.

Sonreí quitándome el cigarrillo de la boca y le contesté, o más bien le dije sin tomar mucho en cuenta lo que él decía, en mi pésimo francés aprendido en la cama, que si quería pasar a casa (bueno, a mi cuartucho) y descansar un poco. Por aquellos días tenía algo de “itacates” de algunas fiestas de pueblo a las que había asistido. Ya que era el maestro, junto al médico en turno y el padrecito, la gente solía regalarme algo de arroz, fideos y frijoles; carnitas, pollo y barbacoa; cervezas y botellas de tequila y mezcal corrientes. De cualquier manera, si el vagabundo ése no hubiese aparecido habría terminado tirando la mayoría de esas cosas a la basura o dándoselo a los perros de por ahí, que abundaban. Hicimos un paneo conjunto y bien sincronizado por el sitio que teníamos enfrente, lo miré y sonreí burlonamente invitándolo a entrar con una palmadita en la espalda mientras arrojaba mi cigarrillo encendido a la acera donde se consumiría. Saludé a Vivi, un putito buena onda que por las tardes, antes de entrarle al tacón, se dedica, supongo que todavía, a bolear zapatillas de sus colegas o las botas de los policías que hacen su rondín antes de que anochezca para dar un repazón a las muchachas anticipándose a la llegada de los clientes. Por fin entramos. Dejó su maleta de boy scout en un rincón y aceptó el vaso de agua que le ofrecí. Luego le serví un batidillo de todas las sobras que tenía sin preguntarle. Comió como condenado a muerte, aceptó el cigarrillo que le ofrecí y comenzamos a beber tequila en la mesa vieja que tenía habilitada como escritorio. El tequila taladraba la garganta y hacía arder el estómago: un treinta-treinta reposado que sabía a azufre, pero que gustaba a mi inquilino. Sus creencias acerca de la bebida me recordaron a las de Lupe, una rubia de estos rumbos, precisamente, a la que pude haberme cogido hace unos años, pero era yo muy wey para entender que lo duro y rebrincoteante de sus pezones se debía menos al frío que a su ardiente estado febril y de total embriaguez. Pero eso nada tiene que ver con mi acto de samaritano en este lado de Michoacán del que seguramente, ni la rubia Lupita, ni nadie conocen ni conocerán, a menos que se vean forzados a huir debido a la falta de trabajo o por algún conflicto post-acostón que se me había transformado en toda una amenaza de alcance diplomático a altos niveles. Ella decía, La rubia Lupe, cuando la visitaba en la residencia para estudiantes de universidad católica cara, muy de vez en cuando, y le preguntaba qué era lo que deseaba beber, -lo que sea, con que empede-, respondía con su sonrisa de niña mimada.

Seguí sirviendo en unas tazas viejas. Seguimos brindando hasta terminar con la sospecha de que no sabríamos cómo pasar el resto de la noche. No puedo negar que por un momento pensé que me convertiría en una especie de mimo. No fue así. Ulises, como atiné a llamarlo, pues tenía un nombre impronunciable que olvidé o que más bien nunca me aprendí, no era tan malo con el español y era bastante comprensivo con mi pésimo francés. En un momento de la noche entramos en una cauda silábica políglota: yo con un inglés chicano heredado de mi padre, un español rebuscado y lleno de gerundios que mi interlocutor no conocía y el pésimo francés aprendido en la cama; y él, con un pésimo español, un fluido francés y un inglés masticable, hicimos que la conversación fluyera, como suele suceder con los borrachos, sólo así nos entendemos. Bebíamos con garganta profunda hasta que nos pusimos algo pendejos con tequila. Este trance me recordó alguna estancia en Querétaro cuando, en un bar decorado a la alemana, después de mucha cerveza, tres mexicanos borrachos hasta la necedad telefoneamos a Madrid y le hablamos el peor francés de la historia al hermano de uno de nosotros quien no entendía nada, pues si acaso hablaba diferente era por un tono castizo que había adquirido derivado de su estancia allá. Es decir, esto explicaba que con un cierto grado de beodez cualquiera se convierte, ya sea en políglota o en exegeta.

Ulises venía de Cuévano. Allá trabajaba como maestro de francés desde hacía algunos meses. Consiguió el trabajo por Internet y en sus tiempos de vacaciones se dedicaba a caminar sin rumbo fijo. Había llegado caminando hasta acá. Pensé que por mi traducción lo que había entendido era equivocado. Pero no, repitió varias ocasiones en varios idiomas. Él había caminado el puño de kilómetros hasta llegar y perderse justamente aquí, en la peor zona del peor pinche pueblo. Más cerca del infierno no podía estar. Le gustaba caminar. Yo balbuceaba mis conflictos xenófobos y algunos traumas o complejos de inferioridad que, seguro, no comprendió. Él se dedicó a explicar cómo es que había caído en este finis terrae en el que yo vivía por aquellos días.

Creo recordar que dedicó largo rato a contarme acerca de sus viajes. México no era el fin del mundo. Él afirmaba conocerlo. Había recorrido Holanda en bicicleta un verano, había bebido café en el centro de Occidente: Estambul. Le fascinaba de ahí el ornato y arquitectónica de las mezquitas, su carácter ritual y de ceremonia le emocionaba. Recorrió Francia entera en aventón, de Britania a Marsella. España no le atraía tanto. De hecho, afirmó haber sido tratado algo mal por allá y mejor se dedicó a describir Islandia, donde vio el fin del mundo. Desde ahí se ve Greolandia según él. No dejaba de iluminársele la mirada como si lo que estuviera viendo fueran las oncemil vírgenes dispuestas para él. Era fabuloso lo que los ojos podían llegar a mirar si uno buscaba bien en la naturaleza, si uno lograba situarse en el mejor lugar. Escribía novelas y poemas. Me aclaró, también, que a parte de funámbulo de la vida había estudiado teatro una temporada. De hecho, había pertenecido a una pequeña pero muy comprometida compañía de teatro. Hacían funciones callejeras a las que debía algunos de los tantos viajes que había hecho. Le creí todo. No tenía por qué dudar. Su pinta era de un personaje de Dumas. Un viajero de barba curiosa y un poco descuidada, medio bufonesco, era mi cuenta-cuentos particular. Era verosímil que viniera andando desde Cuévano. El polvo lo cubría, el sol de invierno, lacerante y cruel, lo había quemado. Sus labios resecos y agrietados eran las señas más evidentes de las muchas horas de extenuante caminata que había pasado los días anteriores a nuestro encuentro. Quizá lo único que me mantenía un tanto receloso de su relato era su forma de beber. Pero qué importaba. No había pasado mucho tiempo y nos habíamos bebido mis reservas vinícolas de fiestas patronales. No había por qué finalizar la noche. Lo convidé a visitar casi poéticamente tabernas, puteros y cantinas de mala muerte, que era lo que nos rodeaba. Le aseguré que más tequila no nos haría falta.

Abandonamos como pudimos mis cuartucho de vecindad para dirigirnos a trompicones a la zona de las bragas. La bienvenida a la calle fue brutal. Un par de sombrerudos, rudos y bigotones -según recuerdo-, se devaneaban en una confrontación a punta de pistolas e insultos por la pertenencia de Vivi, que era muy pobre, pero siempre daba la pinta de inocente y hasta delicado. Se ofendían y no dejaban de apuntarse. Pudimos ver cómo cortaban cartucho ambos. Vivi les imploraba calma. Había perdido una zapatilla y lloraba. El rimel lo tenía corrido, los labios pintarrajeados, las medias rotas y se encontraba en el estado más deplorable de la historia de las peleas y conflictos amorosos travesti-homosexuales que presenciaré en mi vida. No traía ya la peluca de rizos brillantes y se le notaban las marcas evidentes de haberse llevado unos cuantos madrazos en medio de la trifulca. Eso me hizo pensar en que quizá no peleaban por su amor (o sus favores) solamente. Especulé al respecto: quizá uno de los agresores era un presbiteriano homofóbico y se había erigido a sí mismo como el presidente de la liga de la decencia de aquel pinche pueblo frutero y ardiente en el que, en cuanto caía la noche, dejaba como una inocente caricatura a la mismísima Sodoma. Este título lo colocaba en la situación de evangelizador e inquisidor, mientras que el contrincante podría ser, por decir algo, que ante la injusticia y la intolerancia se había indignado con lo que veía: un total acto de intransigencia y abuso. Pensé que, posiblemente, todavía podíamos encontrar al defensor de los oprimidos, aun en un circo como en el que vivía por aquellos solitarios días.

Cuando esto sucedía, nosotros permanecimos estáticos y pálidos. Estábamos demasiado atolondrados como para ponernos sobrios del susto, así que nos escabullimos hacia no sé qué lado y esperamos a que pasara algo con la riña.

Vivi se desvaneció. Un desgañitado suspiro que quiso ser grito fue lo último que pudimos ver antes de que azotara seco en la acera. En cuanto sintieron que Vivi había dejado de gritar y querer separarlos, se detuvieron a ver qué había pasado con su putito. Lo encontraron en K. O. Su actitud cambió de inmediato. Unieron esfuerzos para reanimarlo, lo abofetearon casi cariñosamente, lo zangolotearon, le llamaban por su nombre, ¡Vivi, Vivi, Vivi!. Uno de los hombres empapó su camisa a cuadros de whisky de una botella que habían arrojado antes de la pelea no muy lejos del sitio donde yacía el bolero de travestis. Se la acercó a la nariz para que la aspirara y, en cuanto le llegó la fuerza del mágico alcohol, Vivi dio un suspiro y despertó de golpe. Me atrevo a asegurar que todo fue una trampa del putito y que le resultó a la perfección. Finalmente se olvidaron de la estúpida pelea, que era por amor y pertenencia, de hecho, y los vimos enfilarse a una de las cantinas de por ahí. Un rictus telenovelero era el que mostraba el frágil Vivi al que cargaban de cazuelita el par de bárbaros que hacía un minuto peleaban. En El Corsario los volveríamos a encontrar cuando recorríamos, Ulises y yo, todas las tabernas del lugar.

Ulises fue todo un rockstar de las cantinas: en Los pavitos cantó en español; en El recreo comió gusanos de maguey; Bailó con media docena de reinas en La norteña todos los ritmos, el caminante bailaba tango a ritmo de salsa y gritaba con pasión las canciones de Juan Gabriel. Al ritmo de “Buenos días señor sol” y “Noa Noa” en la sinfonola, fue reconocido como el rey del barrio esa misma noche. No pasó desapercibido en ninguna de las casas de mala nota a las que llevé a este extranjero aquella única ocasión.

No recuerdo para nada cómo es que volvimos a mi cuartucho. Seguramente fue al amanecer. Yo desperté con la luz del sol. Estaba tirado en el patio de la vecindad, seguro había sido besado por un par de ratas. A él no lo ubiqué hasta un rato más tarde en el baño. En cuanto nos pudimos poner de pie, fuimos a buscar algún sitio para curarnos la cruda monumental que ambos sufríamos. Él, en lo que cabía, seguía emocionado con la cultura nativa y decidí mostrarle cómo sobrevivíamos a una borrachera en este lugar. Menudo y unas cheves. Charlamos de cualquier cosa: de sus cuatro novelas escritas en sus pinchemil viajes, de su emocionante estancia en México; de mi metéorica carrera de escritor defenestrada hace años, de mi estancia como profesor multigrado en comunidades rurales que habían perdido la batalla contra la migración y carecían de hombres; les sobraban niños y mujeres solas, unos soñaban con la troca del sueño americano; ellas, con la vuelta del marido, una eterna carrera contra la soledad, y la lucha inútil frente a los embarazos permanentes. Jorge negrete servía de fondo, yo bebía mi segunda cerveza. Ulises se iría en cualquier rato. La menudera, afanosa guía de turistas, ofreció su camioneta para encaminar al francés a la carretera que lo llevara a Playa Azul, último destino del visitante. Él insistía en que no hacía falta. Podía seguir andando. Lo llevamos hasta la salida del pueblo. Nos despedimos con un tepache en la mano cada uno. Nos dimos un fuerte abrazo. Sabía que no sabría jamás de él. Yo seguí un par de años más en aquel sitio. A quien me preguntaba por aquel amigo mío, el bizquito europeo, le respondí siempre que él había vuelto a Francia.

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Noticias de ocasión.


¡¡¡Oye Carlos!!!
¿por qué tuviste
que decirle que la amabas
a Mariana?

José Emilio Pacheco, Premio Cervantes.

"Es una irrealidad" como él dice. Lo leo y no lo creo. Qué gusto. Qué alegría. Megalómanamente diría yo, mi educación sentimental, es decir, las lecturas que me han revolucionado la vida, son a la postre -o antes de que yo naciera-, literatura de altura. Hace un año escribía sobre Juan Marsé gustoso, orgulloso de saber la historia de la prima Montse. Ahora leo en el diario que José Emilio Pacheco ha sido galardonado con el máximo Premio de las letras hispánicas.

Vaya noticia de ocasión.
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Vamos a la boda de la ex-novia


Me aplasté en una banca café a la entrada de un audiorio del que no recuerdo el nombre. Saludo y sonrío.Él esaba indignado. Allí me dijo Huchín, lucidísimo escritor y ácido ganador de menciones honoríficas:
-Que te llamen por teléfono para avisarte que te has ganado una mención honorífica en un concurso de cuento, ensayo o poesía es lo equivalente a ser invitado a la boda de tu ex novia. Henos aquí: en la boda de la ex novia.
[Aquí les dejo "La huella", una foto con el novio (Luis Miguel Estrada, ganador del X concurso lierario de la F,F y L de la BUAP) Al lado franqueándolo, L (sorpresa del concurso pues se le conoce como poeta y como crítco, pero como cuentista nadie lo hubiera imaginado) y EH (elocuente ensayista y conocido guitarrista de Epítome Platónico, grupo musical alternativo) galardonados, ambos, con menciones honoríficas -sin dinero de por medio-. Hay, dicen los que saben, algo rescatable de esta experiencia, si bien uno pierde la dignidad y, como hombre sin orgullo se presenta a las bodas (o a las premiaciones que no ha ganado y aplaude al que se lleva el cheque como si fuera uno), se bebe y se come lo que otro ha pagado, aunque sabe uno siempre que no va a la luna de miel. Je, Je, Je.
Al final, como en los concursos aquellos de Margarito Pérez, uno vuelve a intenarlo en la próxima oportunidad con el afán -decía uno de los jurados essa mañana- de ¡CORONARSE!.]
Sólo atiné a responder, quizá por consuelo o por presumir la plena ausencia de mi dignidad:
-A mí ni siquiera me llamaron. Plop!!!
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Otra de Cervantes.


El patetismo como poética y el “sí pero todavía no” en Cervantes
Por: Luis Felipe Pérez Sánchez
(Adevertencia: No la hay)

“Las reglas, si no van acompañadas de talento, no producirán arte”. No hay razones para darle vueltas a esta afirmación cervantina. Es verdad, el ingenio y la astucia son verdaderamente pertinentes en el asunto de idear invenciones que cautiven a sus lectores. Y tener un héroe entrañable y narrar sus aventuras y darle acontecimientos trágicos y alegres sobra denunciarlo. Cuando el libre juego de la imaginación carbura y tiene un objeto a desarrollar, la idea de escribir una novela de aventuras es sólo, al parecer, una secuencia ordenada de pequeñas diligencias; una receta de cocina. Pero sin talento, ni con muchas ganas se puede llegar a lograr.
Riley se cuestiona durante buena parte de este texto que me sirve como pretexto acerca de una suerte de teoría general de la novela para Cervantes. Y salta de una a otra ilustración, regodeándose en la invención del Manco de Lepanto. Afirma que el autor del Quijote inventa escenas, expone en un juego especular emocionante la labor del que escribe y atrae la historia que éste escribe, siempre bajo el cariz de la invención y de la ambigüedad, el resultado: una matrushka que seduce y que encamina a la curiosidad. Las certezas en la literatura, como bien podremos experimentar los lectores, no existen. Existe, en todo caso, la posibilidad de la creencia y la creación de los preceptos: “Cervantes no quiere -no puede comprometerse (...) sus ambigüedades y evasivas son con frecuencia resultado de la incertidumbre" (Riley, 55); y el cautivo de Argel no es nada mezquino, siembra dudas a granel.
La fascinación por el texto cervantino es el reflejo de lo que el autor persigue según Riley, “ese justo medio que todo el mundo ha reconocido en sus obras, pero al mismo tiempo trataba de juntar esos opuestos en un todo artístico, formando de contrarios igual tela (...) la antítesis es esencial, no sólo a su estilo, sino también a toda técnica constructiva del Quijote” ( Riley, 60). Y alude, para poca sorpresa de los lectores, a la ironía: “que nace al comprender uno cuán paradógica es la escencia del mundo, como una actitud ambivalente es la única que puede abarcarlo todo en su contradictoria totalidad (...) una conciencia simultánea de lo imposible y lo necesario que es dar una reseña íntegra de la realidad (...) Cervantes descubrió en la ironía el instrumento más valioso del novelista” (Riley, 60). Es claro que la ironía cervantina es un arma letal. También es evidente que el Quijote de Cervantes logra con eficacia alejar cada vez más al lector de la premisa inicial; no obstante, el lector se mostrará, para testigos yo mismo, cada vez más voluntarioso en seguirle el paso, el juego, la burla en esta otra aventura.
A mí me interesa, a la luz de estos dos preceptos que nos deja Riley, entre varios otros más, exponer si es que se pudiese lograr -debido a la erudición de que ha sido presa la novela publicada en 1605-, la premisa de que existe una poética que podríamos llamar del sí pero todavía no; patéticamente Cervantes es capaz de hacer olvidar al lector -iluso- lo que en principio prometio del personaje: las historias y aventuras caballerescas. Nos inclinamos, o por lo menos quien suscribe, por la historia de lo meramente humano: el sueño perdido de un tal Alonso Quijano que enternecerá al más escéptico, no con las andanzas caballerescas, sino con el patetismo que aplica, por activa y por pasiva durante cada capítulo de la novela, que es de aventuras sí, pero no de un nuevo Amadís, sino de un legendario héroe de carne, -flaca- si se pone uno exigente, pero muy humano. Me explico.
Distingo en el Quijote lo que todos ya podremos reconocer: un tal Hijodalgo que tiene tiempo para soñar porque no está entre sus responsabilidades trabajar. Su ocio es nuestro sueño. De tanto leer se ve incitado, de primera instancia a escribir el final de una historia de caballerías, pero al reconocer que prefiere darle vida a eso que de literario tienen entre sus fantasías y sus delirios, toma las armas, -o lo que encuentra- y sale a buscar aventuras. Primero solo y con varios chascos y, luego, con un tal Sancho Panza enternecedor. Distingo, como muchos ya lo habrán hecho, la inoperancia de un caballero andante en esa realidad en la que se incerta el ahora "Caballero de la triste figura". No encuentra esas aventuras por las que ha salido. Sigue en el sueño y las inventa: las superpone en un ardid de negación que al mismo doctor Freud le debe de haber emocionado o indignado. No las halla, por lo menos ante los ojos de ese escudero de zancas largas que nos explica en vaivén una realidad de color salmón a la que el caballero desfazedor de entuertos nos dicta. Distingo que allí está esa poética del “pero todavía no”; un periplo colmado de disparates es lo que cualquier dudoso encontraría no sin razón. Patestismo. Un costal de entuertos para reventar de risa que una vez sí y otra vez también nos dan la épica del patetismo infundido, -sólo por aclarar-, de una sensibilidad digna de la palabra.
Allí encontraremos luz a la premisa que he planteado. Antes de exponerla y sólo para ir con el hilo del teorizador, podría ilustar esta poética con uno de los textos contemporáneos de mayor boga de los últimos días. Me refiero al texto insignia de Roberto Bolaño Los detectives salvajes: un grupo de gente subnormal en busca de unas aventuras encuentra las otras aventuras que, al final, son las que dan sustancia a la novela. Ellos, que querían escribir una historia, la terminan viviendo. Bolaño, como Cervantes, nos cuenta la historia que no nos prometió y nos esconde la que presume durante todo el lance poético. No puedo evitar la comparación, aunque debe quedar claro que el asunto es totalmente asociativo, intuitivo y, sobre todo, alejado de cualificaciones que no estoy en calidad de escribir aquí. Me interesa resaltar el patetismo de las escenas de acción, la degradación y el fracaso de nuestros héroes que siempre, sin tregua, saldrán mal librados, aporreados o con cinco o seis dientes menos de los que les quedaban antes de alguna de las peleas. La digresión eterna que se plantea y que crea la tensión también constante hasta el final de ambas novelas -siempre en la búsqueda de aventuras- resulta fundacional. La novela cuya premisa pareciera horizontal, de causa y efecto, se tranforma, -casi imperceptible- pero encantadoramente, en un abanico arborescente por el que uno se solaza: el lector se pasea entre las ramas de las mil historias en las que no pasa nada de lo que se dice debe suceder. En cambio, se dan las historias que nos acometen y que leeemos con entrañable regocijo y digámoslo así, como me es posible articularlo ahora: la esperanza de otra cosa se ve alimentada en la circunstancia de lo que en una normalidad estructural no funcionaría como magma de la historia. En esa esperanza, paradójicamente, se funda la historia que leemos. En ese protagonismo de cajitas chinas de los otros, de los cuentos traidos a escena bajo un genial encadenamiento digno de Cervantes o de Bocaccio es en donde encontramos el vértice que me permite afirmar ese “todavía no”. Y allí también, en la manera en que se nos muestra pretendo establecer el asunto que he expuesto concerniente al patetismo extremo que Sancho lamenta enojado (y que viven, por otro lado -y lo menciono en paralelo solamente-, los protagonistas de ese sueño latinoamericano contemporáneo de hacer algo, de pujar por eso, de enredarse en tantas peripecias) todo con la presunción de obtener las otras aventuras bordeadas siempre en la supuesta frontera de la inminencia. Esto sucede en los Detectives y los testigos no son los protagonistas, no son un Quijote y un Sancho, nominales testigos, no son, en el caso de la otra novela, ni Ulises Lima ni Arturo Belano, sino los otros quienes cuentan la historia que el lector encuentra.
El fracaso en cualquiera de las instancias no sólo es latente, aunque desde el principio se muestra así. Esta quilla que une los presupuestos que me he atrevido a entablar, la del fracaso es, sin embargo, la esperanzadora imagen que entusiasma a todos y que mantiene a lectores como niños frente al televisor: embobados, con fuerza sólo para continuar siguiendo la historia que promete lo que no ha de cumplir: la historia de las aventuras de un caballero andante, quizá las Mil y una noches. Lo que rodea a esa premisa es lo que vivifica finalmente ese regodeo de la novela, de una novela que no se cuenta. El viaje que se propone en el Quijote, o en los Detectives Salvajes, ya da igual; pierde su objeto sin detrimento de nada. Mientras todos cuentan su historia, resulta la otra cara de las cosas la importante. Y así nos enteramos de las historias encadenadas magistralmente, eslabonadas en ese anillo de moebius digno de imitación. Todo tiene un centro perdido, y no importa, mientras se viaje tras el mito de que hay algo más que lo que hay: una sonrisa cobijada por la compasión que encuentra ese lector que encuentra su historia contada por un sabio llamado Miguel de Cervantes.
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Reseña

La presente reseña en Los Perros del Alba 4.

De oscuro latir.
Universidad de Guanajuato, 2008
Federico Vite
Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

La prosa de Federico Vite ha sido catalogada como literatura para pasarla bien un rato. Textos de divertimento, de ironía propia de nuestros tiempos. El autor muestra una facultad casi inverosímil para inventar imposibles, degradar historias y mostrar un decadentismo nada sutil repleto de peripecias. Ha sido acusado de influenciado y, a veces, de escritura atropellada, escrita a trompicones. La acogida de su primera novela, Fisuras en el continente literario (Tierra Adentro, 2006) se rodeó de mitificaciones y aventuras; como si de su objetivo fuera hacer de la vida un hipertexto de la escritura misma, Vite se vio envuelto en dimes y diretes que, eficazmente, lograban la risotada de quien se enteraba. Resultaría difícil deshacerse de aquella noticia y lograr acercarse a su obra, estaba el lector frente a un capítulo de los Simpson´s, como bien afirmaría el propio autor entre carcajadas.
El esfuerzo editorial de la Universidad de Guanajuato a cargo de Cecilia Barreto y su equipo de colaboradores de la más alta estirpe, bajo el nombre de la colección Anaquel, traen para nosotros De oscuro latir (UG 2008), un conjunto de nueve relatos que nos presentan a un Federico Vite irreconocible frente a lo publicado anteriormente. En esta amalgama el autor “indaga sobre las pulsiones ocultas que habitan en cada ser humano. Un mundo de tremendo realismo poblado por muertes, milagros siniestros, figuras violentas, hombres confundidos y ritos malignos” conformando esta obra que descubre el oscuro palpitar del corazón humano.
El ganador del Premio Ignacio Manuel Altamirano de novela en el 2005 no deja de entretenernos en ese par de relatos que sellan el final de este presente libro. “Siga a ese auto” y “De locos” son la brusca necesidad de aventuras en un medio salpicado de inconformidad e insatisfacción. Pico es un detective patético. Se presenta como un escritor subempleado de taxista. Se siente Un James Bond acapulqueño y cristaliza sus sueños de aventura al encontrarse con el tímido y conmovedor Julián enculado con la fantasía de esa Melinda de “buena nalga, pelo teñido de rubio. Coqueta. Pestañas largas que decían mírame, mírame, podría ser tuya.” (pp. 111). Este hilo conductor, la insatisfacción, encadena este relato con el otro, un joven camarógrafo que duda en dónde estar, en qué realidad quedarse. Pocos escritores tocan el tema futbolero como quien sabe de qué habla. Acaso este relato de Vite que cierra el libro hace pensar en aquel “Buga”, el relato emocionante de un africano que triunfa haciendo goles en un equipo español que encontramos en Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño.
Así como el pulso es incesante, así como lo latente sólo es inminencia, así como el vértigo es temible, el acapulqueño por adopción, captura a su lector bajo estas premisas con una prosa que conserva la ligereza de su anterior novela. De inicios contundentes y manejo ágil del tiempo, estos trompicones que acusan los relatos se convierten en los generadores de tensión, en la cadencia y en el tono de las narraciones que, a momentos, son una cauda de diálogos que volatilizan los textos, los dotan de velocidad y movimiento -característico de los textos contemporáneos-, y que terminan por hacer patente uno de los tópicos por los que suele inclinarse la narrativa de esta joven voz mexicana: el patetismo. Declara, en la reflexión de uno de sus personajes más presentes, Pico, el porqué esta triste felicidad, si halla lugar dicha paradoja: “encontrar en el patetismo la salvación” (pp. 38). Ante el vértigo dramático de cuantiosas escenas construidas siempre entre el tiempo cotidiano, existe un decadentismo que, en monólogos, urde declaraciones familiares para cualquiera que ha intentado huir del fracaso, una consigna inevitable de nuestros tiempos. Por mencionar un ejemplo, en “¿De qué hablamos cuando hablamos de un hijo?”, segundo relato contenido en el texto, leemos quizá aquél que enarbola la poética de Vite a nuestro parecer: “El fulgor inasible de la feliz resignación” (pp. 37). El lector irá asintiendo ante las situaciones de ese personaje que, al final de todo, como si fuera posible, se aferra a la posibilidad de tejer esperanzas cuando se habla de un hijo.
“Los últimos en llegar”, “En los ojos del otro” y “Mi nombre son muchos” conforman la triada de relatos que indaga, aunque en todo caso, acerca, y de golpe -como una temible sorpresa,-los temas oscuros y suburbiales que yacen allí, en las cloacas, allí en la oscuridad; allá donde rige la ley del ocultamiento. La sordidez y claridad -si se permite la frase- con la que encara el tema Vite es sorprendente. Sobrecoge con la noticia y el impulso violento que rige hasta el final de cada uno de sus relatos. Entre travestidos, pedofilia y misas negras, destaca la sensación de movimiento y la contundencia de los escenarios fabricados a través de la palabra, que devela lo que parece estar escondido entre lo borroso de la realidad. Un artificio de fotógrafo que enfoca el lente hasta encontrar la nitidez es lo que termina por empujar al lector y confrontarlo en la prosa que nos deja Vite. Los mismos personajes practican este acercamiento a las cosas bajo monólogos siempre dramáticos en los que la explicación de la realidad trae consigo, también, esta literatura que vocifera y se compromete con su realidad, no con dejos panfletarios o hasta inverosímiles, sino dotada de un hiperrealismo que corroe, que aprieta el corazón de quien se muestra sensible y alerta en medio de esta sordidez, entre un ambiente contaminado por la indiferencia. El autor es un mirón tremendamente escéptico que termina creyendo en algo, no se sabe muy bien en qué, pero es algo que lo aterroriza. Estamos ante la escritura martillada de aquel que se ha transformado en un testigo, inventor y sobreviviente de sus propios textos. Así es, además del vértigo de la prosa de Vite, lo turbador o lo violentado de las escenas, en De Oscuro latir encontraremos la exacerbación del miedo por las cuestiones cotidianas: el amor, el presente y la supervivencia; el drama de un futuro impensable, la mitificación inexplicable de lo que sea y la ridícula posibilidad de que suceda algo en medio de la más enrarecida anécdota.
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