Otra de Cervantes.


El patetismo como poética y el “sí pero todavía no” en Cervantes
Por: Luis Felipe Pérez Sánchez
(Adevertencia: No la hay)

“Las reglas, si no van acompañadas de talento, no producirán arte”. No hay razones para darle vueltas a esta afirmación cervantina. Es verdad, el ingenio y la astucia son verdaderamente pertinentes en el asunto de idear invenciones que cautiven a sus lectores. Y tener un héroe entrañable y narrar sus aventuras y darle acontecimientos trágicos y alegres sobra denunciarlo. Cuando el libre juego de la imaginación carbura y tiene un objeto a desarrollar, la idea de escribir una novela de aventuras es sólo, al parecer, una secuencia ordenada de pequeñas diligencias; una receta de cocina. Pero sin talento, ni con muchas ganas se puede llegar a lograr.
Riley se cuestiona durante buena parte de este texto que me sirve como pretexto acerca de una suerte de teoría general de la novela para Cervantes. Y salta de una a otra ilustración, regodeándose en la invención del Manco de Lepanto. Afirma que el autor del Quijote inventa escenas, expone en un juego especular emocionante la labor del que escribe y atrae la historia que éste escribe, siempre bajo el cariz de la invención y de la ambigüedad, el resultado: una matrushka que seduce y que encamina a la curiosidad. Las certezas en la literatura, como bien podremos experimentar los lectores, no existen. Existe, en todo caso, la posibilidad de la creencia y la creación de los preceptos: “Cervantes no quiere -no puede comprometerse (...) sus ambigüedades y evasivas son con frecuencia resultado de la incertidumbre" (Riley, 55); y el cautivo de Argel no es nada mezquino, siembra dudas a granel.
La fascinación por el texto cervantino es el reflejo de lo que el autor persigue según Riley, “ese justo medio que todo el mundo ha reconocido en sus obras, pero al mismo tiempo trataba de juntar esos opuestos en un todo artístico, formando de contrarios igual tela (...) la antítesis es esencial, no sólo a su estilo, sino también a toda técnica constructiva del Quijote” ( Riley, 60). Y alude, para poca sorpresa de los lectores, a la ironía: “que nace al comprender uno cuán paradógica es la escencia del mundo, como una actitud ambivalente es la única que puede abarcarlo todo en su contradictoria totalidad (...) una conciencia simultánea de lo imposible y lo necesario que es dar una reseña íntegra de la realidad (...) Cervantes descubrió en la ironía el instrumento más valioso del novelista” (Riley, 60). Es claro que la ironía cervantina es un arma letal. También es evidente que el Quijote de Cervantes logra con eficacia alejar cada vez más al lector de la premisa inicial; no obstante, el lector se mostrará, para testigos yo mismo, cada vez más voluntarioso en seguirle el paso, el juego, la burla en esta otra aventura.
A mí me interesa, a la luz de estos dos preceptos que nos deja Riley, entre varios otros más, exponer si es que se pudiese lograr -debido a la erudición de que ha sido presa la novela publicada en 1605-, la premisa de que existe una poética que podríamos llamar del sí pero todavía no; patéticamente Cervantes es capaz de hacer olvidar al lector -iluso- lo que en principio prometio del personaje: las historias y aventuras caballerescas. Nos inclinamos, o por lo menos quien suscribe, por la historia de lo meramente humano: el sueño perdido de un tal Alonso Quijano que enternecerá al más escéptico, no con las andanzas caballerescas, sino con el patetismo que aplica, por activa y por pasiva durante cada capítulo de la novela, que es de aventuras sí, pero no de un nuevo Amadís, sino de un legendario héroe de carne, -flaca- si se pone uno exigente, pero muy humano. Me explico.
Distingo en el Quijote lo que todos ya podremos reconocer: un tal Hijodalgo que tiene tiempo para soñar porque no está entre sus responsabilidades trabajar. Su ocio es nuestro sueño. De tanto leer se ve incitado, de primera instancia a escribir el final de una historia de caballerías, pero al reconocer que prefiere darle vida a eso que de literario tienen entre sus fantasías y sus delirios, toma las armas, -o lo que encuentra- y sale a buscar aventuras. Primero solo y con varios chascos y, luego, con un tal Sancho Panza enternecedor. Distingo, como muchos ya lo habrán hecho, la inoperancia de un caballero andante en esa realidad en la que se incerta el ahora "Caballero de la triste figura". No encuentra esas aventuras por las que ha salido. Sigue en el sueño y las inventa: las superpone en un ardid de negación que al mismo doctor Freud le debe de haber emocionado o indignado. No las halla, por lo menos ante los ojos de ese escudero de zancas largas que nos explica en vaivén una realidad de color salmón a la que el caballero desfazedor de entuertos nos dicta. Distingo que allí está esa poética del “pero todavía no”; un periplo colmado de disparates es lo que cualquier dudoso encontraría no sin razón. Patestismo. Un costal de entuertos para reventar de risa que una vez sí y otra vez también nos dan la épica del patetismo infundido, -sólo por aclarar-, de una sensibilidad digna de la palabra.
Allí encontraremos luz a la premisa que he planteado. Antes de exponerla y sólo para ir con el hilo del teorizador, podría ilustar esta poética con uno de los textos contemporáneos de mayor boga de los últimos días. Me refiero al texto insignia de Roberto Bolaño Los detectives salvajes: un grupo de gente subnormal en busca de unas aventuras encuentra las otras aventuras que, al final, son las que dan sustancia a la novela. Ellos, que querían escribir una historia, la terminan viviendo. Bolaño, como Cervantes, nos cuenta la historia que no nos prometió y nos esconde la que presume durante todo el lance poético. No puedo evitar la comparación, aunque debe quedar claro que el asunto es totalmente asociativo, intuitivo y, sobre todo, alejado de cualificaciones que no estoy en calidad de escribir aquí. Me interesa resaltar el patetismo de las escenas de acción, la degradación y el fracaso de nuestros héroes que siempre, sin tregua, saldrán mal librados, aporreados o con cinco o seis dientes menos de los que les quedaban antes de alguna de las peleas. La digresión eterna que se plantea y que crea la tensión también constante hasta el final de ambas novelas -siempre en la búsqueda de aventuras- resulta fundacional. La novela cuya premisa pareciera horizontal, de causa y efecto, se tranforma, -casi imperceptible- pero encantadoramente, en un abanico arborescente por el que uno se solaza: el lector se pasea entre las ramas de las mil historias en las que no pasa nada de lo que se dice debe suceder. En cambio, se dan las historias que nos acometen y que leeemos con entrañable regocijo y digámoslo así, como me es posible articularlo ahora: la esperanza de otra cosa se ve alimentada en la circunstancia de lo que en una normalidad estructural no funcionaría como magma de la historia. En esa esperanza, paradójicamente, se funda la historia que leemos. En ese protagonismo de cajitas chinas de los otros, de los cuentos traidos a escena bajo un genial encadenamiento digno de Cervantes o de Bocaccio es en donde encontramos el vértice que me permite afirmar ese “todavía no”. Y allí también, en la manera en que se nos muestra pretendo establecer el asunto que he expuesto concerniente al patetismo extremo que Sancho lamenta enojado (y que viven, por otro lado -y lo menciono en paralelo solamente-, los protagonistas de ese sueño latinoamericano contemporáneo de hacer algo, de pujar por eso, de enredarse en tantas peripecias) todo con la presunción de obtener las otras aventuras bordeadas siempre en la supuesta frontera de la inminencia. Esto sucede en los Detectives y los testigos no son los protagonistas, no son un Quijote y un Sancho, nominales testigos, no son, en el caso de la otra novela, ni Ulises Lima ni Arturo Belano, sino los otros quienes cuentan la historia que el lector encuentra.
El fracaso en cualquiera de las instancias no sólo es latente, aunque desde el principio se muestra así. Esta quilla que une los presupuestos que me he atrevido a entablar, la del fracaso es, sin embargo, la esperanzadora imagen que entusiasma a todos y que mantiene a lectores como niños frente al televisor: embobados, con fuerza sólo para continuar siguiendo la historia que promete lo que no ha de cumplir: la historia de las aventuras de un caballero andante, quizá las Mil y una noches. Lo que rodea a esa premisa es lo que vivifica finalmente ese regodeo de la novela, de una novela que no se cuenta. El viaje que se propone en el Quijote, o en los Detectives Salvajes, ya da igual; pierde su objeto sin detrimento de nada. Mientras todos cuentan su historia, resulta la otra cara de las cosas la importante. Y así nos enteramos de las historias encadenadas magistralmente, eslabonadas en ese anillo de moebius digno de imitación. Todo tiene un centro perdido, y no importa, mientras se viaje tras el mito de que hay algo más que lo que hay: una sonrisa cobijada por la compasión que encuentra ese lector que encuentra su historia contada por un sabio llamado Miguel de Cervantes.
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Reseña

La presente reseña en Los Perros del Alba 4.

De oscuro latir.
Universidad de Guanajuato, 2008
Federico Vite
Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

La prosa de Federico Vite ha sido catalogada como literatura para pasarla bien un rato. Textos de divertimento, de ironía propia de nuestros tiempos. El autor muestra una facultad casi inverosímil para inventar imposibles, degradar historias y mostrar un decadentismo nada sutil repleto de peripecias. Ha sido acusado de influenciado y, a veces, de escritura atropellada, escrita a trompicones. La acogida de su primera novela, Fisuras en el continente literario (Tierra Adentro, 2006) se rodeó de mitificaciones y aventuras; como si de su objetivo fuera hacer de la vida un hipertexto de la escritura misma, Vite se vio envuelto en dimes y diretes que, eficazmente, lograban la risotada de quien se enteraba. Resultaría difícil deshacerse de aquella noticia y lograr acercarse a su obra, estaba el lector frente a un capítulo de los Simpson´s, como bien afirmaría el propio autor entre carcajadas.
El esfuerzo editorial de la Universidad de Guanajuato a cargo de Cecilia Barreto y su equipo de colaboradores de la más alta estirpe, bajo el nombre de la colección Anaquel, traen para nosotros De oscuro latir (UG 2008), un conjunto de nueve relatos que nos presentan a un Federico Vite irreconocible frente a lo publicado anteriormente. En esta amalgama el autor “indaga sobre las pulsiones ocultas que habitan en cada ser humano. Un mundo de tremendo realismo poblado por muertes, milagros siniestros, figuras violentas, hombres confundidos y ritos malignos” conformando esta obra que descubre el oscuro palpitar del corazón humano.
El ganador del Premio Ignacio Manuel Altamirano de novela en el 2005 no deja de entretenernos en ese par de relatos que sellan el final de este presente libro. “Siga a ese auto” y “De locos” son la brusca necesidad de aventuras en un medio salpicado de inconformidad e insatisfacción. Pico es un detective patético. Se presenta como un escritor subempleado de taxista. Se siente Un James Bond acapulqueño y cristaliza sus sueños de aventura al encontrarse con el tímido y conmovedor Julián enculado con la fantasía de esa Melinda de “buena nalga, pelo teñido de rubio. Coqueta. Pestañas largas que decían mírame, mírame, podría ser tuya.” (pp. 111). Este hilo conductor, la insatisfacción, encadena este relato con el otro, un joven camarógrafo que duda en dónde estar, en qué realidad quedarse. Pocos escritores tocan el tema futbolero como quien sabe de qué habla. Acaso este relato de Vite que cierra el libro hace pensar en aquel “Buga”, el relato emocionante de un africano que triunfa haciendo goles en un equipo español que encontramos en Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño.
Así como el pulso es incesante, así como lo latente sólo es inminencia, así como el vértigo es temible, el acapulqueño por adopción, captura a su lector bajo estas premisas con una prosa que conserva la ligereza de su anterior novela. De inicios contundentes y manejo ágil del tiempo, estos trompicones que acusan los relatos se convierten en los generadores de tensión, en la cadencia y en el tono de las narraciones que, a momentos, son una cauda de diálogos que volatilizan los textos, los dotan de velocidad y movimiento -característico de los textos contemporáneos-, y que terminan por hacer patente uno de los tópicos por los que suele inclinarse la narrativa de esta joven voz mexicana: el patetismo. Declara, en la reflexión de uno de sus personajes más presentes, Pico, el porqué esta triste felicidad, si halla lugar dicha paradoja: “encontrar en el patetismo la salvación” (pp. 38). Ante el vértigo dramático de cuantiosas escenas construidas siempre entre el tiempo cotidiano, existe un decadentismo que, en monólogos, urde declaraciones familiares para cualquiera que ha intentado huir del fracaso, una consigna inevitable de nuestros tiempos. Por mencionar un ejemplo, en “¿De qué hablamos cuando hablamos de un hijo?”, segundo relato contenido en el texto, leemos quizá aquél que enarbola la poética de Vite a nuestro parecer: “El fulgor inasible de la feliz resignación” (pp. 37). El lector irá asintiendo ante las situaciones de ese personaje que, al final de todo, como si fuera posible, se aferra a la posibilidad de tejer esperanzas cuando se habla de un hijo.
“Los últimos en llegar”, “En los ojos del otro” y “Mi nombre son muchos” conforman la triada de relatos que indaga, aunque en todo caso, acerca, y de golpe -como una temible sorpresa,-los temas oscuros y suburbiales que yacen allí, en las cloacas, allí en la oscuridad; allá donde rige la ley del ocultamiento. La sordidez y claridad -si se permite la frase- con la que encara el tema Vite es sorprendente. Sobrecoge con la noticia y el impulso violento que rige hasta el final de cada uno de sus relatos. Entre travestidos, pedofilia y misas negras, destaca la sensación de movimiento y la contundencia de los escenarios fabricados a través de la palabra, que devela lo que parece estar escondido entre lo borroso de la realidad. Un artificio de fotógrafo que enfoca el lente hasta encontrar la nitidez es lo que termina por empujar al lector y confrontarlo en la prosa que nos deja Vite. Los mismos personajes practican este acercamiento a las cosas bajo monólogos siempre dramáticos en los que la explicación de la realidad trae consigo, también, esta literatura que vocifera y se compromete con su realidad, no con dejos panfletarios o hasta inverosímiles, sino dotada de un hiperrealismo que corroe, que aprieta el corazón de quien se muestra sensible y alerta en medio de esta sordidez, entre un ambiente contaminado por la indiferencia. El autor es un mirón tremendamente escéptico que termina creyendo en algo, no se sabe muy bien en qué, pero es algo que lo aterroriza. Estamos ante la escritura martillada de aquel que se ha transformado en un testigo, inventor y sobreviviente de sus propios textos. Así es, además del vértigo de la prosa de Vite, lo turbador o lo violentado de las escenas, en De Oscuro latir encontraremos la exacerbación del miedo por las cuestiones cotidianas: el amor, el presente y la supervivencia; el drama de un futuro impensable, la mitificación inexplicable de lo que sea y la ridícula posibilidad de que suceda algo en medio de la más enrarecida anécdota.
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Perros.

El número cuatro de la querida revista que todos quisiéramos leer está a la venta donde se pueda. Incluye un texto de Huchín que garantiza la supervivencia como poeta (para quien le interese) en este mundo literario tan difícil. Por mi parte, reseño el librito de cuentos de Federico Vite, una publicación de la editorial de la Universidad de Guanajuato que vale la pena revisar. Perdonen, pero debo apuntar que la portada me ha parecido chingona. Javier Durán debe ser tomado en serio, un buen exponente de las artes plásticas.



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Goya.

Qué bonita playera. Así, así sí deben ganar los PUMAS.
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Hablemos de Alonso Quijano.



"De ver dan ganas o de la ingenuidad del ventero"


De verdad, ¿sobra tiempo o gana de preguntarse por la verdad cuando, leída u oída, se ha vivido? ¿Será tan quijotesco, tan ingenioso, tan idioso, leerlo todo bajo los empaños de la literatura?. Recuerdo, por mencionar algún ejemplo, cuando aparecía el fin en la pantalla al terminar las tres películas de Karate Kid que en ese tiempo rodaban en cine permanencia voluntaria de canal cinco los domingos. Yo dejaba mi lugar frente al televisor contagiado de ese “pulir y encerar” robado a Kenzaburo Oé como método de aprendizaje de las artes marciales. Cómo negar que buscaba justicia en favor de los débiles y menesterosos; pateaba puertas y costales, destazaba zanahorias e imaginaba empresas heroicas en las que, además, a veces, ya se albergaba la ilusión -destinada al fracaso, cabe decirlo- de salvar a la morrita de mis sueños: en el kínder creo llamábase Tania. Los asaltos de ese contagioso karatekismo no estaban destinados sino contra gigantes, gandules, pandillas y tramposos.



Dicen que “de ver dan ganas”. Eso parece es lo que me sucedía cuando niño; eso sucedía aun en aquellas riñas de adolescentes en las que a cada cual se le antojaba darse una tunda con alguien por el solo hecho de ver que otros dos se daban de porrazos a la salida de la escuela: uno se contagia y no hay quien diga que no le ha sucedido: arrojaba la mochila, abría el compás, ponía cara de malo, me dejaba seducir por el entorno que hacía apuestas y arremetía contra mi adversario, que entre más fama de gañan tuviera era mejor. Por qué negarlo. Sucede. Así era conmigo y veo que así es en todos lados: entonces no es sólo el Qujote el que se aventura, contagia. A Grisóstomo le da porque lo amen y se viste de poeta y de suicida, a Marcela le apetece ser pastora y liberal y la arma en grande, a Sancho le da por inventar los encuentros con Dulcinea como ciertos; Dorotea se ve asaltada por las ganas de enmascararse de Micomicona como al aborazado de Fernando pasar de noble a pastor por una calentura que le robaría el alma; al cabrero le da por ser juglar, al cura y al barbero por los disfraces y más de una legua la han recorrido travestidos; al ventero le gusta lo de ser rey y a la Maritornes le da por trasnochar y soñar que un caballero la apapacha -o más que eso- bajo un naranjo o cualquier árbol que dé sombra, cobijo y algo de melocidad, misma que se le antoja a la hija del ventero que derrapa por ser objeto de deseo de algún buen mozo y caballero. Una cuadrilla completa pone en evidencia que a todos les gustan las historias, que a todos se nos antoja entrometernos, ser protagonistas. A unos les gusta criticarlas, a otros escucharlas, a unos más copiarlas y, a alguno que otro, vivirlas. Pero todos, indudablemente, de verdad, y sin reservas, nos entregamos a la enternecedora hazaña de hacer de la literatura vida y de la vida una grandiosa novela digna de ser contada por un sabio valiente.



No hay aquí unas laudes epigonales a la novela de Cervantes, no es un texto en el que este manco, que seguro tiene futuro en eso de hacer con la mano la escritura, salga bien parado por la crítica, para eso ya están un barbero y un licenciado: “causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego” (Cervantes, Cap X: 61). En todo caso, si es que hay algo aquí es la hiel que vierte de la herida de un animal literario que cree. Es un huésped de la venta que se detiene, embelezado, a escuchar las fazañas de gallardos caballeros contra temibles encantadores. Soy yo quien se detiene a recordar aquella tarde cuando rondaba la página trescientos veintidós de una bonita edición de Pepita jiménez. Justo le rodaba por la mejilla a la candorosa protagonista una lágrima de amor. Apenas Luis, el seminarista, amortiguaba con sus labios el carrillo húmedo y, conteniendo el aliento, grité: ¡la besó el cabrón! Supendido del tiempo, vivía junto a Valera esa historia. No sería la primera vez.



Pasaría cuando caminaba hacia el salón de clases y la interacción de la literatura con la vida se pusiera de manifiesto. Mi prefecto de discíplina llevaba -ahora lo recuerdo risueño- un Caballo de troya de bolsillo. Yo, ingenuo y tan inocente como para botarse de risa, había escuchado de mi madre la historia del libro. Después, la había leído en la secundaria, y había vivido bajo la certeza de que era verdad aquello que Benitez contaba como el testigo de esa trascendente investigación. No ponía en duda los detalles en la casa de Lázaro cuando aquel viajero veía estupefacto al Cristo de los evangelios. Rememoraba con facilidad las vicisitudes que dictaba el libro. Tenía en la mente que él había llegado al desierto, había escondido la nave y había tenido que desgastar a propósito sus sandalias en pos de la verosimilitud de su estancia en el inicio del cristianismo tan influyente en mi formación. Ese funámbulo del tiempo debía hacerse real dentro de la historia. Yo lo creí, lo hice durante tanto tiempo y, -aunque ya no es tan así-, tampoco me parece, a la luz de esta reflexión, una mirada chata la de aquel adolescente crédulo. Vivía entonces en el internado, lo habitaba con una cuita que cada mañana me hacía culpable. Podía vivir, sin embargo, en el intento de sanar las disyuntivas que suscitaban las incoherencias del discurso divino y los de ese libro que yo había leído como verdad: era un testigo más de ese Robinson Crusoe editado por Diana y no me costaba en realidad mucho trabajo creerlo y defender la coherencia de las historias. No coincidían, como tampoco la de Saramago coincide con lo que nos enseñan de niños, pero yo, no sé con qué dones y poderes, las hacía convivir solaneramente en mi interior como cuando hacía hablar a los amigos imaginarios que tuve de más niño. Lo tenía, como a la biblia misma, bajo la mirada de la única lectura que creía posible darle; una verdad coyuntural y -claro- antinómica. ¿cómo podía la ciencia haber alcanzado tal lance y el mundo contoinuara igual? Haber viajado entre las ondas del tiempo era sorprendente pero no inverosímil. Recorrer, a la manera de un Verne tan anunciado como fantasioso pero profético, las barreras de la historia. Era pues, esa letra, una vivaz revelación. Esa combinación entre evangelios y viajes a través del tiempo, entre periplos de un Simbad y un creyente azogado por la comprobación y la presencia de ese investigador de la NASA mi preocupación. Luchaba, como en concilio, secretamente, -y para evitar un cisma más- por acompasar una historia con otra. Me preguntaba cómo convivían sin que se acabase la iglesia, por ejemplo, esa realidad que yo me esforazaba en acomodar, las dogmáticas dictaduras eclesiásticas y el libro que muchos habían leído. Me cuestionaba cómo no había derivado un súbito descontento entre estos lectores y lo que nos enseñaban a muchos en esta cultura que crece bajo los síntomas judeocristianos. Me preguntaba cómo mi prefecto de disciplina, un presbítero se paseaba por los jardines con un libro prohibido inmutablemente. Pensaba yo, entre otras cosas -como la virginidad o qué sé yo-, que aún todo se controlaba en el mundo. Estaba yo mismo frente al espejo de un hereje, el sinsentido era una premisa que yo negaba. No sabía un carajo, era posible impresionarme con esas historias. Creía y esom ayer y hoym lo llamo literatura y, también, antes y ahora, no es pecado.



Creía como creí que podía viajar como Marco Polo. Creía que podía tener a aquella mujer ojos de oliva en un techado, en el Cairo, mientras sobrevivíamos al infernal calor de ese oriente lejano, como a ésa, pensaba posible darme a dos o tres mujeres más, así fortuitamente; ideaba la manera en que guardaría el recuerdo de esto. Creía, entre otros sueños, por mencionar algo, que había lugares ignotos y que allá, como el propio Herve Joncour de Seda, una occidental casada con un gran jefe me haría ojitos y también me invitaría a conocerla -en el sentido bíblico, ya entrados en gastos-; desde entonces, debo reconocer, me gustaba lo prohibido, y en el particularísimo caso, las prohibidas. Ahora lo pienso y tampoco era difícil soñar una Pepita Jiménez -quién no lo haría-, una viudita que a sus veintitrés años gozaba de buena reputación de moza, buena fortuna y, que, además, pudiera desear que yo mismo le enjugase las lágrimas de amor que derramaría por mí. Siempre hubo, ahora me confieso, una Dulcinea que, si bien no era tan tosca como la de Sancho, tampoco esperaba que yo la amara y le enviara a mis vencidos a rendirle tributos, -podríamos apostar, en un arresto sincerón, que respondería como la bella Marcela en la mayoría de los casos: no porque yo la encumbrase ella estaba obligada a corresponder, quizá por eso, uno callaba y la consagración la hacía en secreto, quizá por eso nunca me contraté a un escudero que fuera con el chime- eso siempre fue claro y continúo así en un mutis impretérito. Y recorrí París bajo el susurro repicante de Víctor Hugo: vi cómo el esperpento podía convertirse en la piedra angular, fui coleteando esa transformación de Cuasimodo en el ejemplar digno de la mirada de todos aun en el mundo subterráneo y oscuro del campanario. Creía en esa posibilidad. Creía porque veía que todo lo motivaba lo que a los pobres nos motiva: el amor. Me parecía imposible por el contrario pensarme mis historias como una mentira, locura o ilusión: yo pude haber dicho lo que el caballero de la triste figura: “Estoy por decir que con mis propios ojos vi al Amadís de Gaula” (Cervantes, Cap. II). “Las vidas de las gentes se ven afectadas por los libros, la literatura es parte de su experiencia, la novela de Cervantes se refiere, entre otras cosas, a la influencia de los libros en la vida” (Riley, 80).



La respuesta ha emergido entonces en ese dulce diálogo de la cuadrilla de Alonso Quijano, quien, como todos sabemos, se ha empeñado en que “nada más y nada menos que la totalidad de es mundo fabuloso, compuesto de caballeros, princesas y encantadores, gigantes y todo lo demás, tenga que ser parte de su experiencia” (Riley, 69). Él duerme, como dormía cuando la criba en su casa con la ama y Antonia Quijano y al parecer eso da el matiz de sosegamiento momentáneo. En la venta sucede lo que a mi parecer es uno de los momentos, -y es que es una montaña rusa, un poliedro de disparates a discresión y es difícil juzgar un momento más emotivo o menos emocionante, el hilo siempre atrapa y resulta cautivador- en los que se dicta una suerte de manifiesto en favor de la literatura y su persistente intromisión entre la vida y lo humano y opinan, uno a uno, en un gran coloquio sobre libros, de los de caballerías en este caso
1, no como una crítica peripatética entre un cura y un barbero. Se dice qué gusta, se afirma qué se entromete de la literatura en la mirada de cada uno de los “testigos”. La literatura es esa esperanza en torno a la que se reune la gente, que hace que la sinceridad invada y sólo se suelte, como quien no quiere la cosa, un gusto:


“porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores (...) y rodéamonos de él más de treinta y estámosles escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas. A lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días”



Media el narrador, como siempre, imperceptible y cede la palabra a la ventera “porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos estáis escuchando leer, que estáis tan embobado, que no os acordáis de reñir por entonces”. Ya habíamos notado, capítulos anteriores, como la Maritornes no oculta su afición “yo también gusto mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero (...) digo que todo esto es cosa de mieles”; el cura habla a la hija del ventero en este enternecedor pasaje en el que cimentaría la premisa de este texto: “de ver dan ganas”. Ella responde: “yo no gusto de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando están ausentes sus señoras, que en verdad que algunas veces me hacen llorar, de compación que les tengo”(Cervantes, Cap XXXII: 322).



Hay una naturalidad invaluable y la ya conocida presencia de los espejos cervantinos, una multitud de perspectivas participan, así se acerca cada uno de los de esta tropa para decir sobre los libros de caballería. No es una apología; son impresiones, son sensaciones, son emotivas evocaciones de lo que aguijonean los textos en el alma humana. Pero, qué es la literatura, el texto, sino el alma humana encerrada en unas páginas como diría Miguel Delibes. Y así, ante esta contundente postulación no hay más que decir. Y sin embargo se dice, y páginas adelante encuentro una respuesta que dejé pasar olímpicamente en alguna lectura anterior; una respuesta que me alentaba a encontrar alguna vez. Y el ventero se muestra “ingenuo” y arremete ante la acusación del cura contra los libros de caballerías, que son para él mentirosos y fantasiosos,



“porque todos es compostura y ficción de ingenuos ociosos, que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo, como lo entretienden leyéndolos vuestros segadores. Porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él”.



Esta pedantería que el ventero acusa de ignorancia -y quizá tenga razón- la acalla con un arrebato digno de las lágrimas:



“no piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco ¡bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas, y tantos encantamientos, que quitan el juicio” (Cervantes, Cap XXXII: 326).



¡De ver dan ganas! Y mientras recorría estos capítulos de la hitoria del lector de historias de caballerías, yo caía en la cuenta de que en aquellos días de ingenuidad y contrapuntos entre el decir, el pensar y el suceder, me ordenaba las disyuntivas a mi antojo, quijotescamente, de manera literaria: dejaba que las cosas sucedieran/fueran como debían ser, percibía el mundo y no había algo que atentara contra la verosimilitud, había humanizado los fenómenos de la vida a tal grado que les había dotado de códigos que respondían a mi lógica, que no era, por supuesto una lógica simbólica.



El ventero, su ingenuidad y este patetismo (del que hablaremos en otra oportunidad nada lejana) que alimenta la acción de la novela cervantina por excelencia, en esta ocasión, me proporcionaban el pasaporte para encontrar faro a las preguntas más importantes de la vida de aquel adolescente lector, no es que me concentrara en las responsivas a las preces -y ahí creo radica la posibilidad de la sonrisa satisfecha-, o me encuentre el cómo -a eso le llamaríamos teoría- es que suceden las cosas, sólo se da y uno cae en la cuenta, de una vez por todas, de que no importa, sólo se puede saber que suceden las cosas y ya: cobran realidad en cuanto se les piensa y se las representa. La literatura, entre otras cosas, se presenta como este distanciamiento que logra poner en escena un estado de cosas casi contrapuesto, contrastado, enjuiciado casi sin intención. La creación pues, permite a quien la vive, una actitud de contracorriente contra la inercia vital, por así decirlo, de reflexión y de crítica de rebote, sin compromisos, muy literaria probablemente: ambigua o, mejor, polisémica dentro de un cuadro que pinta la realidad, bajo una imparcialidad absoluta.



1“La influencia del Decameron fue tan poderosa que a menudo nos encontramos en las obras de novellieri posteriores con damas y caballeros que imitan conscientemente a los personajes que forman el marco en la obra de Bocaccio, contando también cuentos como ellos”(Riley: 81), como es el caso que arriba apuntamos, se muestra, de paso una de las influencias para el montaje de la escena en Cervantes.
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remodelaciones

Debido a lo complicado de la plantilla he tomado la decisión de volver a la anterior. Es más simple.
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"EL anacentrista", novelita por entregas.




I


Recibí una carta esta mañana. La encontró mi madre tirada en la cochera de su casa donde yo había vivido la infancia, la adolescencia y, la juventud, a ratos hasta que me mudé a Puebla, y luego, a Xalapa, y luego a Dallas, y luego a no sé dónde. Tenía tiempo de no llamar a casa. Tampoco me había aparecido por allí desde hacía meses. Pasaba una temporada de esas que solía estancarme sentadito en alguna acera frente a la vida. No es que yo sea un escritor, nunca lo fui. Acaso nos podemos remontar a las temporaditas en las que estudiaba literatura; eran otros los ímpetus y la motivación me transformaban en una cabra loca. Lo mismo escribía poemas que ensayos sobre la realidad; alguna vez canciones y otras tantas sólo cartas, botellas echadas al mar, mensajitos cursis a gente en todo el puto continente. La carta era una respuesta inesperada ya. La desolación había clausurado toda ilusión juvenil. Estaba, en todo caso, en lo mío. Lo había olvidado todo. El tiempo había eliminado todo rapazmente y esa carta, dijera lo que dijera, me había robado un gesto risueño en medio del trance actual. La carta, no ésta, sino la manera de dejarse allí, había sido –parecía un olvido consciente- mi vehículo. Me escribía con Brigitte, le escribía a Juan, también dejaba en el correo postal largas charlas a Marlén. Pensaba en ellos como destinatarios de una tristeza insondable y llena de lugares comunes. Escribía cartas después de arribar a Guanajuato. Recuerdo el primer túnel, ése que lo deja a uno en los linderos de la ciudad. Esa frontera que seguramente Paco Aldebarán miraba con una profunda nostalgia antes de entrar a la vida cuevanense, antes de encontrar las ruinas. Desolado y abatido; azotado y terriblemente insufrible me paseaba con la mirada por los cerros, los letreros del número de habitantes, los afiches de festivales habidos allá. Me dejaba llevar cada abril, cada junio, cada verano hasta la parada en la que estaba cerca ya ese cafetín que me albergó muchos sábados de lágrimas contenidas por no sé qué frustración. La vida se veía, el futuro no. Escribía, de alguna manera, mis memorias allá. No guardé, -no lo comprendía- huella de eso. Regalaba mi vida vertida en escritura en aquellas misivas. Una construcción diletante, un maniquí que superaba a la vida. Un sufrido avatar casi increíble. Era yo un tipo atormentado por pendejadas. Era yo un ladrón de lamentos. Era yo un hijo sin hijos ni futuro. Me lamentaba del presente que ni siquiera atinaba a comprender. Era la carta entonces, mi vehículo, mi racimo trasnochado de ese encendido odio a la ciudad, a dos o tres personajes de allí, a los calabozos del pasado.
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ensimismamientos.

Ya hace meses que no me siento con la energía para escribir aquí. Acaso he colgado textos pasados, citas cifradas entre mi lectura y mi estado de ánimo. Pero no, no encuentro la energía para escribir. No atino a recordar qué me hacía caer aquí y contar y decir y enumerar. Tampoco me descubro muy prolífico, sólo, digamos, creo recordar que me daba la gana, que tenía fuerza para aparecer, que tenía las ganas para hacerlo. Ahora no. Y me sorprendo en el colectivo pensándome un post dedicado a un chofer amable, que podría asegurar no es poblano; y memorizo notas mentales sobre un taxista preocupadísimo por la manera de hablar de la gente; una inquietud que repartió a los que íbamos en aquel taxi cuando íbamos a algún leonero, bar o similares. Puedo ver las páginas de la libreta de materias: allí, incluidas entre las notas y los resúmenes de literatura mexicana o las listas de supermercado, cartas que quizá nunca enviaré, nostalgias encerradas en la fecha en que vienen, las anotaciones sobre qué escribir. No, no atino, no tengo fuerza. Tampoco me sobra el tiempo. Aunque a medio gas, dedico tiempo a las cosas que me tienen acá en esta ciudad que ha resultado, para bien, una decisión de estancia; no sé si diré lo contrario luego, pero por ahora me ha sentado. Y no, no alcanzo a sentarme horas como antes, no llego ilusionado con la redacción de alguna aventura: ni me interesa contar que he vuelto a jugar fútbol después de meses de no poder hacerlo, ni cuento tampoco que leo tal obra de De Prada o los ensayos de Geney Beltrán o a los modernistas prologados por Pacheco; no recuerdo nada cuando estoy frente a la pantalla, no conservo eso que podría decir sobre mis peripecias diarias, diurnas y nocturnas. No he dejado nota aquí de las cemitas o de las agruras provocadas por comer en cocinas económicas. No cuento, por ejemplo, que conocí en sendas borracheras a mil poetas Brasileños, chilenos, poblanos o sinaloenses. No he dicho nada sobre lo que sucede en el salón de clase -no confieso que memorizo sonetos de Garcilasso para declamarlos o que riño por nada en sesiones sobre feminismo en la literatura-, o no he comentado nada tampoco sobre lo que en la mismísima calle sucede de vez en cuando, en donde he ido conociendo a gente interesantísima.
No. No me alcanza la energía. Diría Mario Bojórquez, hace unas noches: esto se acaba. Lo comienzo a creer. No es que no quiera escribir, sólo no puedo. No es sin embargo, aquella aridez de otros años. No. Aquéllo que motivaba la desazón estéril tenía tintes de hartazgo y de resquemor. Tenía tintes de miedo a la desnudez y un recubrimiento frente a algún posible lector. No. Sólo es la sensación de no poder respirar profundo para llegar al final de la carrera. Imagino que escribo pero no puedo. Sueño que escribo, como cuando sueño que juego de nuevo en alguna cancha, pero lo último lo he logrado mientras que el asunto de dejar anécdotas o reflexiones, de escribir no.
Y han pasado cosas.
Estuve en Guanajuato, hace ya más de un mes, la vez última aquella no me gustó estar, no pude. Pero estuve allá para conocer y hacerla medianamente de anfitrión de Vivian Abenshushan a quien le intrigaba terriblemente cómo había conseguido encontrarla e invitarla a dar su taller de expresión creativa allá en Cuévano. Alejandra se puso las pilas y sacó adelante el coloquio aquel del que pueden hablar mejor los que están allá. Yo sólo puedo afirmarme como un necio incómodo y enrarecidamente nostálgico de (lejos de)allí.
Y han sucedido cosas.
He estado en discusiones risueñas que le dejan a uno con avidez. Y he habitado entre grandes camaradas que poco a poco se muestran como leales y entrañables. Y he reído mucho. Y he olvidado por un tiempo el asunto de la insatisfacción. Sé que todo está perdido, lo sé, pero saberlo no atenua una esperanza extraña que me mueve a levantarme por las mañanas, más o menos tarde, y dirigir mis pasos al mercado para comprarme un juego de naranja.
Y han sucedido cosas.
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